
I. Exposición del caso: distinción de los acusadores y examen de las acusaciones.
Al comenzar su defensa, Sócrates considera necesario señalar la existencia de dos tipos de acusadores suyos; Los que le acusan desde hace mucho tiempo envueltos en las sombras del anonimato y quienes le acusan en la actualidad y han convocado el juicio.
Esta distinción que a primera vista parece improcedente en un juicio, tiene como objetivo llamar la atención sobre el hecho de que a Sócrates no se le estaría juzgando por un acto particular, en un tiempo particular, sino más bien, por una actitud asumida a lo largo de su vida.
¿Cuál es la naturaleza de esta actitud? Es lo que veremos desarrollarse en todo el relato y lo que nos permitirá una primera y fundamental delimitación del Sócrates histórico y su pensamiento.
Formulación de la primera acusación o acusación antigua.
Sócrates es un impío; por una curiosidad criminal quiere penetrar lo que pasa en los cielos y en la tierra, convierte en buena una mala causa y enseña a los demás sus doctrinas.
Esta acusación viene a ser una síntesis perfecta de la crisis que estaba experimentando el espíritu de los griegos de la época entre; el pensamiento tradicional religioso/mitológico imperante por muchos años por no decir que fundacional de su psiquis y de la de la mayoría de los pueblos, y dos nuevas líneas de pensamiento: el pensamiento físico o naturalista (aquel que buscaba escudriñar el cielo y la tierra y que comienza con Tales de Mileto) y el pensamiento Sofistico (aquel que hacia al hombre y no a los dioses o a la naturaleza la medida de todas las cosas aunque al precio de relativizar toda verdad y que se complacía en cobrar por la enseñanza de esta habilidad).
La frase “curiosidad criminal” es suficientemente ilustrativa de en cuál forma de pensamiento se situaban los acusadores de Sócrates. Sin embargo, Sócrates mismo, no pertenecía propiamente a ninguna de estas tres formas de pensamiento y con su vida más bien abrió la brecha para una completamente nueva; centrada también en el hombre como la de los sofistas, pero diametralmente opuesta a la de ellos por la reivindicación que hacía de una razón fundada en universales y la promoción de una vida guiada por esa razón.
Indagación sobre el origen de la animadversión de sus primeros acusadores.
De manera general, Sócrates refiere que el encono que se siente en muchos de sus acusadores responde a la distinción puesta en evidencia por él entre lo que denomina una “sabiduría puramente humana” y una “sabiduría más que humana”.
La reputación que yo haya podido adquirir no tiene otro origen que cierta sabiduría que existe en mí. ¿Cuál es esta sabiduría? Quizá es una sabiduría puramente humana y corro el riesgo de no ser, en otro concepto, sabio, al paso que los hombres de que acabo de hablaros son sabios de una sabiduría mucho más que humana.
Como define estas dos clases de sabiduría y como su distinción generó el odio de sus acusadores es algo que entenderemos después de expuesto el episodio del oráculo de Delfos.
Un día, Querofón, amigo de infancia de Sócrates impresionado sin duda por su forma de vida tuvo la audacia de preguntar en una visita al oráculo de Delfos si existía en el mundo un hombre más sabio que Sócrates, a lo que la Pythia respondió; que no había ninguno.
Tal respuesta otorgada por el oráculo impresiona vivamente el espíritu de Sócrates y le genera la determinación de ahondar en su significado.
¿Qué quiere decir el Dios? ¿Qué sentido ocultan estas palabras? (…)
¿Qué quiere, pues, decir al declararme el más sabio de los hombres?
Para lograr descifrar el mensaje del oráculo Sócrates idea la siguiente prueba:
Fui a casa de uno de nuestros conciudadanos que pasa por uno de los más sabios de la ciudad. Yo creía que allí, mejor que en otra parte, encontraría materiales para rebatir el oráculo y presentarle un hombre más sabio que yo, por más que me hubiese declarado el más sabio de los hombres.
Y obtiene como resultado:
Conversando con él, me encontré con que todo el mundo lo creía sabio, que él mismo se tenía por tal y que en realidad no lo era. Después de este descubrimiento me esforcé en hacerle ver que de ninguna manera era lo que él creía ser y he aquí ya lo que me hizo odioso a este hombre y a los amigos suyos que asistieron a la conversación.
Luego que de él me separé razonaba conmigo mismo y me decía: yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno, pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Me parece, pues, que en esto yo, aunque poco más, era más sabio, porque no creía saber lo que no sabía.
Esta experiencia que podemos denominar como de “Desenmascaramiento epistemológico” (demostrar que no se sabe lo que se cree que se sabe) la repetirá Sócrates con los hombres tenidos como los más sabios en las distintas áreas del conocimiento de su época (la política, la poesía, la artesanía) y terminará de igual manera, siendo esta la fuente de la animadversión de sus acusadores.
No se atreven a decir la verdad, que es que Sócrates los sorprende y descubre que se figuran que saben, cuando no saben nada. (…)
Porque son muchos los que creen saberlo todo, aunque no sepan nada o casi nada.
Los segundos acusadores o acusadores actuales.
Formulación de la acusación:
Sócrates es culpable, porque corrompe a los jóvenes, porque no cree en los dioses del estado y porque, en lugar de estos, pone divinidades nuevas bajo el nombre de demonios.
Esta acusación responsable de la citación a juicio es dividida por Sócrates para su defensa en dos partes: una parte como acusación de ser un corruptor de la juventud de su ciudad y la otra parte como acusación de cierto delito religioso de impiedad; el de no creer en los dioses del estado e introducir divinidades nuevas.
A la primera acusación intenta desvirtuarla utilizando un argumento lógico que se basa en las ideas (centrales en su filosofía) de:
El mal genera siempre el mal.
Todos los hombres aspiramos y deseamos el bien.
Luego, si se hace el mal solo puede ser por ignorancia y no deliberadamente.
¿Hay alguno que quiera más recibir mal que bien? (…)
¿Es posible que tu sabiduría supere tanto a la mía que, sabiendo tú que el roce con los malos causa mal y el roce con los buenos causa bien, me supongas tan ignorante que no sepa que si convierto en malos a los que me rodean, me expongo a recibir mal y que, a pesar de esto, insista y persista, queriéndolo y sabiéndolo? (…)
Una de dos: o yo no corrompo a los jóvenes, o, si los corrompo, lo hago sin saberlo y a pesar mío…
Contra la segunda acusación (ligada sin duda a la anécdota referida por el propio Sócrates de contar en algunos casos con la guía de un Daimon), Sócrates utiliza una lógica mucho más simple:
Si algo proviene o pertenece a otra cosa, la existencia de la última afirma o implica necesariamente la realidad o existencia de la primera.
Luego, si los demonios se consideran descendientes de los dioses, no se puede creer (sin caer en una contradicción lógica) en la existencia de los demonios y no creer en la realidad o existencia de los dioses.
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