II. SEGUNDA CUESTIÓN.
¿Cómo es posible que los que cometan falta en algo
intencionalmente sean mejores que los que lo hacen involuntariamente? O en palabras de Hipias, en las que se vierte una
inquietud que nos resulta fácil compartir:
¿Cómo es posible, Sócrates, que los que
cometen injusticia voluntariamente, los que maquinan acechanzas y hacen mal
intencionadamente sean mejores que los que no tienen esa intención? Me parece
que merece excusa quien comete injusticia o miente o hace algún otro mal sin
darse cuenta.
Sócrates comienza a
interrogar a Hipias sobre si existe una forma considerada como buena o adecuada
de hacer las cosas y otra mala o inadecuada de hacerlas.
Seguidamente,
establece que el realizar una acción “bien” es una prueba de capacidad,
mientras que el realizarla “mal” lo sería de una incapacidad.
Sin embargo, como se
dijo al principio en relación a la veracidad y la mentira; quien es más capaz
de lo bueno, en virtud de esa misma capacidad sería el más capaz de lo malo.
Así, puesto que a estos hombres –los más capaces- les resultaría posible
realizar el mal voluntariamente por su capacidad, es legítimo plantear en los
diversos ámbitos de la vida humana la cuestión:
¿Es preferible hacer el mal por
capacidad, es decir, voluntariamente o realizar el mal a pesar de sí, por
incapacidad, involuntariamente?
En relación al cuerpo
y los ejercicios del cuerpo…
¿Luego en la carrera el que ejecuta cosas
mal hechas involuntariamente es peor que el que las ejecuta voluntariamente?
(…)
¿Luego también en la lucha el que ejecuta
actos malos y feos voluntariamente es mejor luchador que el que los ejecuta
involuntariamente? (…)
¿Y en todos los otros ejercicios del cuerpo?
¿No es cierto que el mejor respecto al cuerpo es capaz de realizar ambas clases
de cosas, las fuertes y las débiles, las feas y las bellas, de forma que,
cuando en lo que concierne al cuerpo se realizan cosas mal hechas, el mejor
respecto al cuerpo las realiza voluntariamente, y el peor involuntariamente?
(…)
Luego también la mala apariencia, cuando es
voluntaria, proviene de la perfección del cuerpo, y cuando es involuntaria,
proviene de la imperfección. (…)
¿Preferirías tener unos pies que cojearan
voluntariamente, o involuntariamente? (…)
¿Qué ojos querrías tú poseer y tener
contigo, aquellos con los que voluntariamente ves poco y con estrabismo, o los
ojos con los que esto sucede involuntariamente? (…)
Por tanto, una sola afirmación abarca todo
esto: no es deseable poseer, porque son malos, los oídos, las narices, la boca
y todos los órganos de los sentidos que trabajan mal involuntariamente; en
cambio, es deseable poseer, porque son buenos, los que lo hacen
voluntariamente.
En relación a los
objetos o instrumentos del mundo…
¿Y el uso de qué instrumentos es mejor, el
de aquellos con los que se trabaja mal voluntariamente o el de aquellos con los
que se trabaja mal involuntariamente? Por ejemplo, ¿Es mejor un timón con el
que se pilota mal sin quererlo o uno con el que se hace mal queriéndolo?
Respecto a las
actividades del alma…
Respecto a todas las artes y conocimientos,
¿No es mejor la que voluntariamente hace las cosas mal y torpemente y comete
errores, y es peor la que hace esto involuntariamente?
Recapitulando;
resulta de todos estos ejemplos anteriores que realizar “mal” diferentes
acciones voluntariamente denota cierta capacidad en el hombre, mientras que,
realizarlas “mal” involuntariamente es señal de una incapacidad.
En la capacidad
existe pues una libertad; hacer bien o mal algo voluntariamente.
En la incapacidad,
hay en cambio, una necesidad; realizar el mal a pesar de sí por ignorancia.
Es esta libertad que
otorga la capacidad, lo que hace mejor al primer hombre (el hombre capaz) sobre
el segundo (el hombre incapaz).
Así, no sólo es
deseable la capacidad del mal, sino que esta proviene de cierta perfección del
alma, o dicho en otras palabras, es el reverso de la capacidad para el bien,
sello del alma buena.
Esto conlleva a la
aparente paradoja moral: es el alma buena la única que está en la
capacidad de realizar el mal voluntariamente.
Luego el que comete errores voluntariamente
y hace cosas malas e injustas, Hipias, si este hombre existe, no puede ser otro
que el hombre bueno.
Que este “hombre
capaz” llegue a realizar el mal o no, es algo que el presente diálogo deja en
suspenso, y es la existencia de esta sola posibilidad gravitando sobre nosotros la
que crea el efecto de inquietud que tenemos al leerlo.
Sin embargo, en el
desarrollo de su filosofía, Sócrates afirmara constantemente que “nadie
comete el mal voluntariamente” lo que supondría que estando en posesión
del conocimiento que otorga la capacidad nos inclinaríamos naturalmente al
bien.
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