martes, 6 de marzo de 2012

ION


Marco del diálogo

El texto inicia con un encuentro casual entre Ion y Sócrates. Ion es un célebre rapsoda de Efeso que precisamente acaba de ganar el primer premio en una importantísima competencia por lo que se encuentra inflamado por una gran satisfacción de sí mismo en relación a sus conocimientos.

“Me lisonjeo de explicar a Homero mejor que nadie”.

Sócrates –al hilo de la conversación- nos ofrece en clave irónica una breve descripción de la figura del rapsoda; alguien “digno de envidia” por su costumbre de ir siempre ricamente vestido, de ser un asiduo de fiestas esplendidas y de dedicar su vida al estudio de las obras de los grandes poetas de la tradición para cuya labor demuestran poseer una magnifica memoria que les permite tener presentes los diversos pasajes de sus textos y un talento privilegiado para la interpretación de su sentido.

Ante el ofrecimiento de Ion de declamar e interpretar algunos versos de Homero para él como prueba de su gran dominio del autor, Sócrates le persuade para que lo dejen para otra ocasión y más bien le propone que le responda a la pregunta de si su habilidad se limita a la inteligencia de la obra de Homero o se extiende igualmente al conocimiento de la obra de los demás grandes poetas; Hesíodo, Arquíloco…

De ninguna manera –le contesta Ion-; yo me he limitado a Homero, y me parece que basta.

Indagación sobre la naturaleza del conocimiento de Ion: Distinción entre el conocimiento por arte o ciencia y el conocimiento por inspiración.

La respuesta dada por Ion de que la extensión de sus conocimientos se limitan a un sólo autor o representante de un arte y no al conocimiento del arte mismo deja abierta la cuestión de definir; ¿cuál es la naturaleza de un tipo de conocimiento así?

Para Ion, conocer un autor y el conocimiento del arte que representa viene a ser casi lo mismo, especialmente si como él afirma su inclinación por Homero se justifica en que es el mejor poeta de entre todos.

Esta afirmación sorprende a Sócrates, ya que considera que para establecer tal distinción –mejor/peor- entre los representantes de un arte sólo lo puede realizar quien posea un conocimiento general y perfecto del arte en sí que aquellos representan.

Aquí vemos sentarse nuevamente un principio general de toda su filosofía: Sólo quien alcanza un conocimiento perfecto (es decir, correcto) de algo, es quien está en mejores condiciones para emitir juicios justos (es decir, adecuados) sobre ese algo.

Claramente Ion no cumple con este principio ya que pretende juzgar el todo con una parte.

Es evidente que tú no eres capaz de hablar sobre Homero, ni por el arte ni por la ciencia. Porque si pudieses hablar por el arte, estarías en estado de hacer lo mismo respecto de todos los demás poetas.

Si el conocimiento de Ion no procede del arte; ¿De dónde procede entonces?

Sócrates establece una distinción entre conocimiento por arte o ciencia -es decir, por medio de la razón- y una especie de conocimiento emocional –empático- que nombra como conocimiento por inspiración o posesión divina.

La definición de esta segunda fuente de conocimiento –de la que afirma procede el conocimiento de Ion- nos es presentada a través de una bella metáfora; la de la piedra magnética.

Ese talento que tienes de hablar bien sobre Homero, no es en ti un efecto del arte, como decía antes, sino que es no sé qué virtud divina que te transporta, virtud semejante a la piedra que Eurípides ha llamado magnética, y que los más llaman piedra Heraclea. Esta piedra, no sólo atrae los anillos de hierro, sino que les comunica la virtud de producir el mismo efecto y de atraer otros anillos de suerte que se ve algunas veces una larga cadena de trozos de hierro y de anillos suspendidos los unos de los otros, y todos estos anillos sacan su virtud de esta piedra. En igual forma, la musa inspira a los poetas, éstos comunican a otros su entusiasmo y se forma una cadena de inspirados.

La poesía –según Sócrates aquí- no sería un arte en el sentido estricto de ser un conocimiento alcanzado por medio de la razón, sino más bien algo que procede de esta segunda fuente descrita.

El poeta es un ser alado, ligero y sagrado, incapaz de producir mientras el entusiasmo no le arrastra y le hace salir de sí mismo. Hasta el momento de la inspiración todo hombre es impotente para hacer versos y pronunciar oráculos.

Como se ve el símil del poeta con el oráculo es completo pues los dos son concebidos como pasivos en el sentido de que son poseídos por los dioses, al contrario del arte que como ya se dijo es activo por que supone el uso de la razón.

Si bien estos bellos poemas son humanos y hechos por la mano del hombre, son, sin embargo, divinos y obra de los dioses, y que los poetas no son más que sus intérpretes, cualquiera que sea el dios que los posea.

El rapsoda al ser un intérprete de los poetas, vendría a ser algo así como un intérprete de intérpretes, uno más de una cadena de entusiasmo –“cadena de inspirados”- cuyo último eslabón es el espectador.

¿Ves ahora cómo el espectador es el último de estos anillos, que, como yo decía, reciben los unos de los otros la virtud que les comunica la piedra Heraclea? (…)

Por medio de estos anillos el dios atrae el alma de los hombres por donde quiere, haciendo pasar su virtud de los unos a los otros,..

Diversos poetas encauzarían diversos entusiasmos y, como entusiasmos, estos no se poseen por medio del arte –la razón-, sino por comunión emocional –por inspiración-.

Me preguntas cuál es la causa de esta facilidad de hablar cuando se trata de Homero, y de esta infecundidad cuando se trata de los demás, y es que el talento que tienes para alabar a Homero no es en ti efecto del arte, sino de una inspiración divina.

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