3. INDAGACIÓN SOBRE EL LUGAR DE LA AMISTAD EN EL AMOR.
A petición de Lysis, Sócrates interroga a Menexenes.
Después de elogiar a la amistad como uno de los bienes más valiosos de la vida;
Hay una cosa que yo deseo desde mi infancia, así como cada hombre tiene sus caprichos; uno quiere caballos; otro, perros; otro, oro; otro, honores. Para mí todo esto es indiferente, y no conozco cosa más envidiable en el mundo que tener amigos, y querría más tener un buen amigo…
Y de confesar que desconoce; “Cómo un hombre se hace amigo de otro hombre.” (Pág. 67)
Partiendo de la observación de que Lysis y Menexenes se tienen a sí mismos y muestran ante todos como amigos, le pregunta a este ultimo sobre el lugar de la amistad en el amor; ¿En el amor quien se hace amigo del otro? ¿El que ama, el amado, los dos, ninguno?
Dime pues Menexenes, cuando un hombre ama a otro; ¿Cuál de los dos se hace amigo del otro? ¿El que ama se hace amigo de la persona amada, o la persona amada se hace amigo del que ama, o no hay entre ellos ninguna diferencia? (Pág. 67)
Sócrates expone dos posibles escenarios para la resolución de esta cuestión:
i) Si el amor no es reciproco e incluso ésta no correspondencia se basara en el aborrecimiento. En este escenario se entrarían en diversas contradicciones como ser amigo de nuestro enemigo o enemigo de nuestro amigo.
Muchos son amigos de los que no son sus amigos, y muchas veces de sus enemigos, cuando aman a quien no los ama o los aborrece. Además, muchas veces somos enemigos de gentes que no son enemigos nuestros, y que quizá son nuestros amigos, como cuando aborrecemos a quien no nos aborrece, y quizá nos ama. (Pág. 68)
ii) Si el amor es reciproco. Si la reciprocidad es un requisito de la amistad para evitar las anteriores contradicciones, inmediatamente la extensión de la amistad se ve restringida a una manifestación exclusiva entre hombres y no abarcaría -como suelen concebir generalmente los griegos la Philía-; a los animales, los objetos y las practicas.
No son amigos de los caballos aquellos que no se ven correspondidos por los caballos, como no lo son de las codornices, ni de los perros, ni del vino, ni de la gimnasia, ni tampoco de la sabiduría, a menos que la sabiduría no les corresponda con su amor; y así, aunque cada uno de ellos ame todas estas cosas, no por eso es su amigo. (Pág. 67)
4. ANÁLISIS DE LAS TEORÍAS SOBRE LA AMISTAD.
Sócrates decide explorar junto con Lysis y Menexenes un nuevo camino para alcanzar una definición de la naturaleza de la amistad –lo que hace a un hombre amigo de otro- y es analizar las dos principales teorías que sobre ella se han difundido.
i) La amistad como la atracción de lo semejante por lo semejante.
Un dios conduce el semejante hacia su semejante, y se lo hace conocer. (…)
Es de toda necesidad que lo semejante sea amigo de lo semejante. (Pág. 68)
Crítica: Sócrates señala que entre hombres malvados no puede existir una atracción genuina porque siempre la compañía del mal tiende a perjudicar y no se busca deliberadamente lo que nos perjudica.
De ahí que si se quiere mantener la teoría de la atracción entre lo semejante, será aplicada entre los hombres de bien. Sin embargo, esta reformulación de la teoría, vista en términos lógicos presenta ciertas dificultades; si lo semejante es concebido como lo igual, no sacarían ninguna utilidad entre sí, nada habría en el otro que no se encontrase en sí mismo, por lo que cada uno a su manera se bastaría respecto del otro y no supondría un fundamento de atracción alguna.
¿Lo semejante puede esperar de su semejante alguna cosa, que no pueda esperar igualmente de sí mismo? Si así es, ¿Para qué seres semejantes han de aproximarse el uno al otro, no debiendo sacar de ello ninguna utilidad? (…)
¿Pero el bueno no se basta a sí mismo, en tanto que bueno? (…)
Y el que se basta a sí mismo, ¿Tiene necesidad de ningún otro? (…)
No teniendo necesidad de nadie, no buscará a nadie. (…)
Si no busca a nadie, él mismo no será amado. (…)
¿Cómo los buenos pueden ser amigos de los buenos, cuando, estando los unos separados de los otros, no se desean mutuamente, puesto que se bastan a sí mismos, y que estando los unos inmediatos a los otros, no se sirven para nada recíprocamente? (Pág. 69)
ii) La amistad como la atracción de los contrarios.
En todas las cosas, los seres que se parecen más, son los más envidiosos, los más rencorosos y los más hostiles entre sí; mientras que los que más se diferencian, son necesariamente amigos. (…)
Tan distante está que lo semejante sea amigo de lo semejante, que sucede todo lo contrario, puesto que todo ser desea, no al ser que se le parece, sino al que es opuesto a su naturaleza. (…)
Porque lo contrario ofrece un alimento a lo contrario, mientras que lo semejante nada puede aprovechar de lo semejante. (Pág. 70)
Crítica: de nuevo Sócrates echa mano de la lógica para distanciarse de esta teoría. Si se conciben los contrarios como absolutos, tenderán a excluirse por su naturaleza misma y no se atraerían sin caer en contradicción.
¿Es cierto que el odio es amigo de la amistad, o la amistad amiga del odio? (…)
¿Y el justo es amigo del injusto, el moderado del inmoderado, el bueno del malo? (Pág. 70)
Sócrates intenta evadir las dificultades lógicas de las dos teorías anteriores sobre la amistad postulando una tercera:
iii) La amistad como la atracción de lo neutral –lo que no es ni bueno ni malo- por lo que es bueno, a causa de la presencia del mal.
De entrada, con la postulación del género de lo “neutral”, Sócrates nos está alejando por un momento de la dimensión de las categorías absolutas y fijas –donde se presentan las dificultades lógicas señaladas- y nos establece en el terreno de lo humano: lo que cambia.
Ya se dijo que lo “semejante absoluto” no se atrae, ni tampoco lo “contrario absoluto”. También se dijo que el Mal no es una fuente genuina de atracción puesto que tiende a perjudicarnos siempre. Sólo queda entonces, el Bien como polo de atracción de lo “neutral” y lo sería –según Sócrates- por la presencia del mal.
Fijémonos, por ejemplo, en el cuerpo. Cuando está sano, no tiene ninguna necesidad de medicina, porque se basta a sí mismo, y el hombre sano jamás amará al médico sino en razón de su salud… (…)
Yo creo que es el enfermo el que ama al médico, a causa de la enfermedad. (…)
Pero la enfermedad es un mal, mientras que la medicina es un bien muy útil. (…)
En cuanto al cuerpo, como cuerpo, no es ni malo ni bueno. (…)
Luego lo que no es ni malo ni bueno, es amigo de lo que es bueno, a causa de la presencia del mal. (Pág. 71)
Para que esta teoría se mantenga valida, es necesario preservar la identidad de lo “neutral” –ya que sin esta volveríamos a las categorías absolutas y con ellas regresarían las dificultades lógicas señaladas-, por lo que Sócrates introduce la distinción entre; las cosas que se mantienen siendo las mismas a pesar de la presencia de otra cosa y las que cambian su naturaleza debido a esta presencia.
Digo que ciertas cosas son las mismas que lo que se encuentra en ellas, y otras no. (Pág.71)
Esta distinción les es ilustrada a los dos jóvenes mediante el siguiente ejemplo:
Si se tiñesen de albayalde tus cabellos, naturalmente rubios, ¿Serían blancos en realidad o en apariencia? (…)
Sin embargo, ¿La blancura se encontraría en los cabellos? (…)
Y no por esto serían blancos.
De suerte que en este caso, a pesar de la blancura que se encuentra en ellos, tus cabellos no son ni blancos ni negros. (…)
Pero, amigo mío, cuando la vejez les haya hecho tomar ese mismo color, ¿no serán de hecho semejantes a lo que se encontrará en ellos, es decir, verdaderamente blancos por la presencia de la blancura? (Pág. 71)
Está claro pues, que la presencia del mal y de todas sus otras formas; la ignorancia, la injusticia, etc., debe mantenerse relativa –tal y como el color que aquel tinte- y no absoluta, si quiere ser móvil de lo “neutral” para buscar sus contrarios; el bien y sus demás formas; la sabiduría, la justicia, etc.
Conforme a esto, podríamos decir que los que son ya sabios, sean dioses u hombres, no pueden amar la sabiduría, así como no pueden amarla los que, a fuerza de ignorar el bien, se han hecho malos, porque ni los ignorantes ni los malos aman la sabiduría. Restan aquellos que no estando absolutamente exentos ni de mal, ni de ignorancia, no están, sin embargo, pervertidos hasta el punto de no tener conciencia de su estado, y que son aún capaces de dar razón de lo que no saben. Éstos, que no son ni buenos ni malos, aman la sabiduría, mientras que los que son del todo buenos o del todo malos no pueden amarla. (Pág. 72)
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